Pensar la inclusión educativa desde las neurociencias

Cerebro conectado a un dispositivo listo para configurar

Alumnos únicos e irrepetibles

En los últimos años tomaron fuerza los modelos pedagógicos centrados en el alumno, considerado como sujeto de la educación. El punto de partida es el aprendizaje del alumno. Además de adquirir una serie de conocimientos, se espera que el alumno desarrolle procedimientos autónomos de pensamiento. A diferencia de los modelos centrados en el profesor, no se educa para informar o para conformar comportamientos. Se busca formar al alumno para que transforme su realidad: nadie se educa solo sino que los seres humanos se educan entre sí mediatizados por el mundo. La educación se entiende, entonces, como un proceso permanente en el que el alumno va descubriendo, elaborando, reinventando y haciendo suyo el conocimiento.

Esto supone considerar la importancia de los factores afectivos y sociales a la par de los cognitivos para alcanzar aprendizajes significativos. El docente parte de lo que el alumno conoce, de sus intereses y de su mundo afectivo. Dada la singularidad de cada alumno, la diversidad es la regla. Y el derecho universal a la educación obliga a repensar las prácticas docentes en el contexto de la educación inclusiva.

Los maestros percibieron el problema de la heterogeneidad en el aula mucho antes de que surgieran las teorías que lo explican. Los buenos maestros desarrollaron estrategias didácticas que incluyeran a todos sus alumnos, respetando su singularidad. Las Ciencias de la Educación y las Neurociencias, entre otras, ofrecen un marco de referencia para revisar e innovar esas prácticas. Este conocimiento nuevo permite intervenciones pedagógicas más certeras en función de los objetivos de aprendizaje.

Veamos algunos ejemplos. En un aula del nivel inicial, un alumno se manifiesta habitualmente inquieto y desatento a lo que dice el docente. Tradicionalmente, recibiría la etiqueta de “mal alumno”. Pero al centrarse en él como sujeto de aprendizaje podrían surgir otras causas de la “inconducta”. Por caso, podría evidenciar alguna discapacidad auditiva (como no oye bien, no entiende las consignas de su maestro, como no entiende lo que tiene que hacer se aburre, como se aburre, “hace lío”) o bien, manifestar déficit de atención con hiperactividad (ADDH de sus siglas en inglés). No se espera que el docente diagnostique al alumno, sino que active un dispositivo donde desde la escuela y las familias puedan recurrir para mejorar su calidad de vida.

Una situación similar ocurre con los alumnos que presentan trastornos en la lecto- escritura o dislexia. Desde las neurociencias se destaca que el cerebro es lingüístico pero no literario. Mientras que la adquisición del lenguaje se considera una cualidad innata, la lectura y la escritura no estarían involucradas en el genoma por ser de reciente aparición en la evolución. Por lo tanto, la dislexia no es problema de cuán inteligente sea la persona, sino de una dificultad específica.

Lo que lleva a otra cuestión. Si las personas son diferentes, ¿habrá diferentes formas de ser inteligente? Históricamente, el concepto de inteligencia estuvo limitado a la inteligencia racional. Sin embargo, desde el siglo pasado los científicos encontraron multiplicidad de inteligencias. Con un diagnóstico certero y preciso, la acción conjunta de la familia y la escuela permiten generar situaciones de aprendizaje enriquecedoras para todos.

La diversidad en el aula

Planificar es construir futuros. En un modelo centrado en el alumno, el docente se dispone a planificar sus clases teniendo en mente la diversidad de su grupo. Aun cuando no conozca a los alumnos que efectivamente estarán en su aula. Este docente puede visualizar distintos perfiles, en función de sus deseos, esperanzas, posibilidades, oportunidades y limitaciones.
La inclusión educativa centrada en el alumno invita a pensar un aula donde todos se sientan bienvenidos. Ciertamente, un ambiente distendido con actividades divertidas es necesario. Pero no es suficiente. Es necesario diseñar estrategias didácticas adecuadas para asegurar aprendizajes significativos en trayectorias educativas realistas. Aquí entran en juego otros dos conceptos clave: accesibilidad y diseño universal.

Es muy fuerte la asociación entre accesibilidad y discapacidad. Por caso, el logotipo de accesibilidad estuvo históricamente aso- ciado con la discapacidad motriz y específicamente a los usuarios de sillas de ruedas. En 2015 las Naciones Unidas propuso un nuevo logotipo, más acorde con el enfoque actual de la inclusión.

Para asegurar la accesibilidad de un entorno, producto o servicio se recomienda adherir a los Principios del Diseño Universal. En algunos centros de investigación educativa se está indagando acerca del Diseño Universal del Aprendizaje. Esto es, llevar la accesibilidad al currículo.

Conclusiones

Es frecuente que en las instancias de capacitación los docentes se dan permiso para esbozar estrategias pedagógicas innovadoras, enriquecida con los aportes recibidos durante los cursos. Y también es frecuente que la realidad los “aterrice” en la emergencia. De ahí que la educación en valores no sólo debe ser un objetivo para las clases escolares. Debe serlo también en la formación docente continua.

Es el caso de la inclusión educativa. Desnaturalizar prácticas, desmenuzar prejuicios, analizar lo que queremos decir cuando decimos “discapacidad”, “necesidades especiales”, “derecho universal a la educación”, son algunos aspectos a tener en cuenta al valorar una experiencia formativa.

Comprender lo que realmente le pasa al alumno también evita asignarle etiquetas limitantes, del tipo “desafiante”, “desorganizado”, “impulsivo”, “desobediente”. Es valorarlo en su integridad, reconociéndolo como sujeto de derechos y en situación de equidad para ejercerlos

Fuentes consultadas

Crédito: Asoy ID en Pixabay, https://pixabay.com/es/illustrations/5459003/