Cuando elijo, ya no puedo elegir

Comparto este texto de Javier Sánchez Panadero. Es interesante para pensar sobre la libertad, los derechos, las obligaciones y las consecuencias de nuestras elecciones.

En estos complejos tiempos me acordaba de algo que aprendí jugando al ajedrez.
Una posición “elástica” es buena… pero no se puede mantener indefinidamente, hay que decantarse.
Sobre esto también hablaba en “Te jodes y decides”.
Dice el diccionario de la RAE
“Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.”
Facultad para obrar… fíjate también me recuerda al concepto de energía que manejamos en ciencia “Capacidad de producir un trabajo”. Para explicar la energía a los chavales les hablo del dinero. No es comida, pero puede “convertirse en” (comprar) comida, no es un medio de transporte, pero puede “convertirse” en él.
En todos estos casos es la posibilidad de hacer algo, algo que sólo adquiere sentido justo cuando se pierde, cuando por fin me decido y tomo uno de los caminos, abandonando el resto. Cierto que en el futuro volveré a decidir, pero ya no será el mismo lugar ni la misma decisión, ni siquiera yo seré el mismo. Así que renuncio a mi condición de soltero para emparejarme, a mi horario para trabajar o a unos estudios eligiendo otros.
Hoy confinados, percibimos una falta de libertad de la que algunos se duelen, aludiendo a su individualidad y reclamando su capacidad para elegir aquello que les apetezca más allá de “órdenes” o “disposiciones”.
Creo que es el momento de recordar que una de las cosas que se puede hacer con la libertad es cederla, renunciar a parcelas de decisión por un bien común o un bien personal mayor.
Y esto es lo que hemos hecho como país en instituciones supranacionales y como individuos al aceptar el compromiso de vivir en sociedad y recibir los innumerables beneficios que nos reporta.
Así que, efectivamente, aceptar órdenes es fruto de mi elección de vivir en sociedad y de la cesión de libertad que ya hice en su momento. Por eso os contaba hace tiempo que Tu vida no es tuya, y que esto tiene dos aspectos: soy sujeto de derechos y obligaciones. Tu vida no es tuya porque a veces tus intereses personales deben dejar paso a los intereses comunes y en otros momentos porque los demás tendremos que considerarla como nuestra y tendremos la obligación de cuidarte, protegerte y proveerte.
No hay que olvidar que para que esto no se convierta en una distopía necesitamos los controles de la administración, la política, las organizaciones supranacionales, la prensa, el ejercicio del derecho… y agradecemos mucho la labor de tanta gente que se ocupa de esto de primera mano, pero seguimos bajo el contrato social.
En todo caso, acabo con el mismo último párrafo que en “Tu vida no es tuya”.
Por supuesto, nadie puede impedirte “romper” todos tus contratos, incluso dejando “deudas” aquí y allá, y largarte a una isla desierta o a la puta jungla, pero… mucho ojo… puede que allí te veas en los debates de los que huías aquí, discutiendo de política alimentaria con un león (en tu nuevo papel de comida) o sobre soluciones habitacionales con un oso en la cueva donde ibas a dormir. Quizá tengas mejor suerte con ellos que con nosotros.

Blog de Javier Sánchez Panadero: La ciencia para todos

Crédito de la imagen: Xaviaranda en Wikimedia Commons

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